Etapa del camino Portugués Barcelos - Balugaes

El camino tiene sus dificultades propias, luego están las que uno lleva de serie. Entre ellas, la alergia que en meses de verano me suele fastidiar la percepción del entorno, cuando no es la respiración o las fuerzas que se van con cada estornudo.

Menos mal que vamos equipados con medicinas que detienen el impacto del polen. Nos ponemos en marcha temprano, ya con un sol radiante sobre nuestras cabezas. Salir de Barcelos es como hacerlo de cualquier pequeña ciudad: no tiene demasiado encanto pasar por calles residenciales que van dejando paso a carreteras más rurales, casas más grandes volcadas en el cultivo. Destacan pronto en el paisaje árboles frutales y vides.

Peregrinos en el Camino Portugués

Nos encontramos y compartimos parte del camino con cuatro peregrinos alemanes. Siempre anima ver a más personas caminando, sentirse acompañado; y es divertido intentar hablar empleando un chapucero inglés, mezclando con portugués, gallego o castellano. Las conversaciones en el camino con estos compañeros temporales de viaje no son demasiado profundas, pero es emocionante pensar en cada persona. ¿Por qué haces el camino, con cuarenta, cincuenta o sesenta años, pudiendo hacer un crucero o visitar una gran ciudad? Hay algo especial que se aprende aquí, en el camino, bajo el sol, levantando la vista hacia el horizonte, sintiendo sed o hambre, dejándose guiar por flechas milenarias.

Hacemos un esfuerzo en este primer trayecto por completar varios kilómetros, porque hemos comprobado en los anteriores días que la etapa se encara mejor cubriendo la mayor parte del recorrido desde el principio, sin paradas prolongadas. Así que continuamos por caminos rurales, en leve ascensión, encontrando siempre entornos que merecen la pena.

Flecha a Santiago en la Fonte da Ferreirinha

Entre ellos nos gusta especialmente la Fonte da Ferreirinha, un precioso lugar para parar y refrescarse. Hoy es todavía más necesario ante el calor y la escasa brisa.

Árbol gigante en el camino Portugués

Tras pasar Portela y Aborim, dos pequeños pueblos, continuamos el descenso hacia Quintaes. Volvemos a pisar el terreno clásico de esta etapa: tierra y adoquín. En el camino cruzamos las vías del tren hasta llegar al Ponte das Tabuas. Se trata de un entorno precioso en el que vale la pena detenerse. Para quien se anime, hay una especie de muelle que permite zambullirse en el río, desde una altura de un metro. El río Neiva transcurre con tranquilidad bajo los sauces de donde surgen cantos de pájaros que nos cuesta identificar, pero disfrutamos de toda manera.

Al fin, tras unos catorce kilómetros, alcanzamos Balugaes. Una pequeña aldea que nos ofrecerá descanso tras una etapa suave, pero que el sol ha hecho un poco más dura de lo que esperábamos. Nos alojamos en un entorno privilegiado que enseguida nos hace olvidar cualquier cansancio. La Quinta se encuentra pegada al Río Neiva. La casa de piedra reviste con maderas oscuras un interior lleno de comodidades. Todo el entorno, clásico y acogedor, invita a dejarse llevar y aprovechar el descanso. Nos quedan tres jornadas todavía por disfrutar de Portugal, de su gente, de su café y su excelente comida. Hoy destaca especialmente la carne asada a la piedra que degustamos a la cena, un manjar que sumado a los anteriores dificultará cualquier intención de perder peso. Pero mejor así, porque prefiero volver del camino lleno a vacío en todos los sentidos.

Ponte das Tabuas, en Balugaes