Camino Portugués, etapa Arcos - Barcelos

Escribo las primeras notas en mi libreta de viaje mientras desayunamos. En el salón, de decoración rústica, se encuentran otras dos personas; una de ellas también dispuesta a caminar. Sólo saber que no eres el único te renueva las fuerzas y las ganas de empezar esta etapa, en la que según nos han informado, nos esperan caminos de tierra y piedra entre pequeñas aldeas antiguas.

Y la primera parada no decepciona. Llegamos en una media hora a San Pedro de Rates. Antes de adentrarnos en este pueblo cruzamos unas vías, tras las que se encuentra una encrucijada llamativa: hacia la izquierda, el Camino Portugués por la costa, hacia la derecha, el Camino por el interior que transitamos nosotros. Inmediatamente le comento a mi compañero que deberíamos repetir la experiencia en el futuro experimentando el otro sendero.

Igreja de Sao Pedro de Rates

Pero las divagaciones se esfuman al adentrarnos en Rates. Un templo románico aparece ante nosotros. Enigmático y solemne, el tiempo casi lluvioso hace que se detenga la respiración. Las figuras talladas en el pórtico están desgastadas: hombres sin rostro, animales míticos que han perdido sus fauces, hasta se adivinan las serpientes que casi siempre aparecen en las puertas de la iglesia. Mensajes de temor que opacan y dificultan percibir la gloria de la historia que parece contarse.

Detalles de la Iglesia de San Pedro de Rates

En el interior reina la oscuridad. Me llama la atención la figura de la calavera que se encuentra en la basa de las columnas, tan presente en un arte cristiano medieval que parecía honrar a la muerte, más que vencerla. Quizá la única luz del lugar procede del segundo banco, delante del altar. Una mujer del pueblo reza mirando al Cristo. Me acerco sigilosamente, sin querer interrumpir ni distraerla. Sus ojos están fijos en la figura, sus labios no dejan de moverse, aunque no consigo descifrar ninguna palabra y apenas percibo su voz. Todo el brillo de la sala está en su rostro.

Al salir del templo por su puerta lateral descubrimos varios sarcófagos de piedra. Todo el pueblo guarda una similitud arquitectónica que todavía no habíamos percibido en ninguna de las paradas anteriores. Pronto descubrimos un bullicio que nos lleva a unos cien metros de distancia para encontrarnos con unos cuarenta niños corriendo en la calle, bajo el imponente reloj del pueblo. Acaban de salir a su primer recreo de la mañana. Sus risas luminosas nos contagian alegría.

Grupo de niños jugando en Rates

Nos gustaría entretenernos más, pero todavía queda mucha etapa por recorrer. A la salida de Rates atravesamos diversos sembrados de maíz y patatas, viñedos y bosques de eucalipto por caminos de tierra y barro. Ha llovido la noche y todavía algunas nubes riegan el suelo, lo que hace crecer “pequenos regatos” entre las piedras. El trayecto es de una tranquilidad pasmosa: sólo escuchamos el viento, agua, silbidos de pájaros y algún que otro ladrido lejano.

Un poco más adelante nos encontramos con nuestra compañera de desayuno, a la que hemos dado alcance. Se trata de una canadiense de unos 45 años que camina sola, destino Santiago, desde Lisboa. Conversamos agradablemente sobre el Camino, el tiempo, y también la lluvia, que ella la prefiere para caminar antes que un sol de castigo. Continuamos unos cinco kilómetros andando a la par hasta llegar a Pedra Furada, donde pararemos para comer algo en un restaurante donde reponen fuerzas unos doce peregrinos. Otra vez, alegra verse acompañado.

Peregrinos de camino de Rates a Barcelos

El tramo final de la etapa se nos hace bastante duro. Hemos dejado el campo por el asfalto. Se trata de un descenso de unos ocho kilómetros entre casas que reflejan un buen nivel de vida. Nos acercamos a Barcelos.

Antes de llegar hay que pasar por una especie de centro comercial y cruzar una autopista por un oscuro túnel. Se respiran vapores de ciudad y ruidos. El camino se hace acera y parece perder encanto… hasta que aparece Barcelos.

Puente de Barcelos

Un giro de 90º a la izquierda en la carretera nos pone frente al espectacular puente que da entrada a la ciudad, cruzando el río Cávado. Cruzamos el puente sin poder evitar pararnos a ver, desde tal perspectiva, el potente río. La imagen sobrecoge.

Al otro lado nos espera Barcelos, acogiéndonos desde su zona antigua bien cuidada, comercializada, con un buen balance entre parques, museos, ruinas, historia y modernidad. Se respira un equilibrio familiar y un ambiente amable para el turista.

Jardines en Barcelos

Una de las joyas está en el templo que se eleva frente al puente de entrada. El interior sorprende por el gran azulejado de sus paredes, donde están dibujadas decenas de historias bíblicas. Luz teñida de azul se expande en el interior en el que, justo en este momento, se retransmite una misa en el proyector ante una veintena de fieles.

Cruceiro do Galo en Barcelos

Al salir del templo nos encontramos con las ruinas del Paço de los Señores de Barcelos, donde un cruceiro recuerda la leyenda del gallo y el peregrino. David me comenta que se trata de un cuento legendario que también existe en otros poblados que cruzan el Camino, lo que demuestra cómo las historias se vertebran en torno a los que viajan por este milenario sendero.

Ruinas del Paço dos Senhores de Barcelos

Antes de retirarnos al hotel, damos un último paseo por una alameda de la pequeña ciudad. Se ha levantado un frío viento del norte y casi no queda nadie en la calle mientras el sol va perfilando los árboles antes de esconderse detrás de los edificios. El cansancio se nota en las piernas, pero la experiencia está valiendo la pena.

Camino Portugués, etapa Arcos - Barcelos